
Por: Atilio A. Borón
– 27 de abril de 2010
Se ha vuelto un lugar
común creer que la Internet es por excelencia el ámbito de la
libertad de nuestro tiempo. Muchísima gente y no pocos teóricos
sostienen que se trata de un espacio liberrísimo, en donde las
antiguas restricciones que el papel impreso imponía a la producción
y circulación de las ideas han quedado definitivamente superadas.
Basta con leer algunos pasajes del libro de Hardt y Negri, “Imperio”, o los tres tomos de Manuel Castells, “La edad de la información:
economía, sociedad y cultura”, para apreciar la profundidad y
ramificaciones de esta creencia. Dicen los primeros, en un pasaje
memorable –y no precisamente por lo acertado– de su obra que “la
red democrática es un modelo completamente horizontal y
desterritorializado. Internet […] es el principal ejemplo de esta
estructura democrática en red […] Un número indeterminado y
potencialmente ilimitado de nodos interconectados que se comunican
entre sí, sin que haya un punto central de control […] Este modelo
democrático es lo que Deleuze y Guattari llamaron un rizoma, una
estructura en red no jerárquica y sin un centro”.