Vigías ambientales recuperan tejido social en zonas de riesgo

Por: Claudia Sandoval G. Siendo Bogotá una de las veinte
ciudades más grandes de América Latina y la más importante de Colombia,
se ve compuesta por dos escenarios: la zona plana, donde se concentran
las edificaciones de grandes empresas financieras, centros comerciales
y conjuntos cerrados; y las enormes laderas construidas, donde habitan
millones de personas, aquellas que han comprado su lote con los ahorros
ganados trabajando en servicios generales, en vigilancia o
como obreros de la construcción, así como las que se
han visto obligadas a invadir un trozo de tierra después de perderlo
todo en su tierra de origen por el fenómeno de desplazamiento. En esas laderas se observan
miles de viviendas construidas con ladrillos y cambuches
levantados con latas, tablas, palos y cartón; viviendas que no soportan
las inclemencias de las lluvias y se mueven –o se caen– al ritmo de los deslizamientos.
Tampoco es extraño encontrarse con viejos armarios, neumáticos y demás
desechos flotando o estancados en las quebradas que bajan desde la cima
de las montañas y que, en otra época, fueron fuente de consumo y aseo
para los habitantes de la montañas. En 2007, según fuentes
oficiales, se presentaron unos 84 fenómenos por remoción en masa y 130
en lo que va corrido de este año. Se han presentado, en estos mismos
periodos, 27 y 11 inundaciones en las zonas de ladera.
En este contexto, en el año 2004 se
presentó un desastre que afectó a unas dos mil familias habitantes del
barrio Nueva Esperanza, ubicado en las laderas del sur oriente de la
ciudad. A partir de ese momento, se reubicaron a zonas seguras varias
de
las familias afectadas, quedando muchas de las zonas desocupadas pero
susceptibles a ser invadidas nuevamente. Otros problemas también se
evidenciaron: el mal uso de la tierra, la contaminación de fuentes
hídricas, el mal estado de las construcciones y de
la infraestructura urbana,
las condiciones de pobreza de la población y, sobre todo, un tejido
social desarticulado. Precisamente de allí surge la necesidad de
realizar acciones encaminadas a rehabilitar las zonas y darles usos más
adecuados, de manera que se organizó la iniciativa de involucrar a las
comunidades en el mejoramiento del sector y en la prevención de nuevas
emergencias. Es así que nace el proyecto Vigías Ambientales. Según comentan, Ivan y Leonardo,
supervisores del proyecto en la localidad de Ciudad Bolívar, la
iniciativa de formar y poner a trabajar a los vigías ambientales surge
de las entidades bogotanas del nivel local que son conscientes de la
necesidad de la recuperación ambiental, prevención del riesgo, y
mitigación de impactos antrópicos, iniciativa que, a la vez, contribuye
a
la generación de ingresos por parte de la población vulnerable
de estratos 1 y 2 de
la ciudad, madres y padres cabeza de hogar, reinsertados y ex
habitantes
de la calle.
Intervención
en tres zonas de riesgo en Bogotá Desde 2006 hasta hoy se han
desarrollado por lo menos 4 convenios para la intervención de Altos de
la Estancia, la cuenca de la Quebrada Limas y Nueva Esperanza, en
relación a la prevención de nuevos desastres en dichas zonas. Estos
convenios de cooperación se han desarrollado en dos etapas: la primera
etapa es de capacitación en temas medioambientales y en gestión del
riesgo, y la segunda etapa es de práctica, donde se desarrollan las
actividades de
campo. Dentro de la capacitación se encuentran
temas como preservación del medio ambiente, salud ocupacional y
protección laboral, manejo adecuado de herramientas de mano,
mantenimiento de material vegetal, atención básica en emergencias,
planes familiares y comunitarios de emergencia,lo cual se
complementa con instrucción en habilidades productivas –agricultura urbana y compostaje,
manualidades y culinaria–,
convivencia ciudadana y solución
de conflictos. Entre las actividades prácticas que
desarrollan los vigías ambientales se encuentran: la
adecuación
de drenajes, por medio de la limpieza y poda de vegetación; la
adecuación de viviendas y predios evacuados, demoliéndolos,
limpiándolos
y re vegetalizándolos; la limpieza y recolección de residuos sólidos;
la adecuación y rehabilitación de senderos; el apoyo en la atención de
emergencias en la localidad; el mantenimiento del
arbolado; el monitoreo y
las alarmas tempranas.
Uno de los vigías recuerda como, en un
día lluvioso típico del mes de noviembre, se realizó una campaña de
aseo en la Quebrada Limas, a la altura del barrio Villas el Diamante,
donde participó activamente la comunidad y que, en esa ocasión, se hizo
énfasis en la conservación de la euebrada y en el manejo de
residuos sólidos,
con los niños integrantes de la Fundación Motitas. Otra de las labores que han
desarrollado los vigías es el apoyo en la atención de las emergencias.
Ellos apoyan esta labor en caso de deslizamientos, inundaciones e
incendios. Ricardo Rojas recuerda como, antes de ser vigía, una
avalancha
de la Quebrada Limas afectó las viviendas del sector, cuando sus aguas
se hicieron
barro y arrasaron con las pertenencias de sus habitantes, y
que ahora, al presentarse situaciones parecidas, ellos acuden
a los puntos
afectados, recogiendo materiales que dificulten el paso de la quebrada,
destapando alcantarillas o ayudando a evacuar las familias cuando ellas
los necesiten. Iván Velandia, uno de los supervisores,
recuerda como, el 23 de diciembre a las 11 de la noche en el barrio
Villa Gloria, se presentó un deslizamiento producto de los malos
manejos
de aguas negras, colapsando una vivienda sobre otra. En esa
oportunidad,
los vigías ayudaron a recuperar algunas pertenencias de una señora,
madre cabeza de hogar de cuatro niñas, que lo perdió casi todo en medio
de las
festividades decembrinas. Según informes oficiales, el impacto
esperado del proyecto vigías ambientales es convertirse en un
instrumento de construcción social del
territorio, abriendo espacios para que la población vulnerable sea
incluida en la ejecución de acciones de prevención del riesgo,
fortaleciendo la identidad y aumentando los niveles de apropiación y
corresponsabilidad con relación a la protección de las zonas de alta
amenaza y a la recuperación de los suelos de protección por alto riesgo
no mitigable, con un enfoque de desarrollo humano sostenible. Este impacto se ha hecho visible para
don Ubaldino, líder
comunal del barrio Marandú, quien reconoce la
recuperación y mejoramiento del entorno con la
descontaminación,
la poda del césped y árboles, porque, además de la
renovación ambiental, se mejoró
la seguridad y se redujo la proliferación de consumidores de droga en
el sector.
Según declaraciones de Sergio Camargo,
coordinador de campo del proyecto desde hace dos años, las
habilidades y conocimientos adquiridos por las personas que han
trabajado en el proyecto les han servido para vincularse a otros
programas, como la recuperación del Parque Entre Nubes y el humedal de
Santa María del Lago, ambas estructuras ecológicas de la ciudad. Como lo han expresado los mismos vigías
y supervisores del proyecto, la sostenibilidad del mismo se realiza por
el impacto que ha generado en las comunidades y en las zonas, y por el
aporte de las instituciones distritales que, de diferentes formas, han
sumado sus esfuerzos a todo el proceso.












comentario sobre los programas de mejora de vivienda social
El Estado debe garantizar una vivienda digna para sus ciudadanos, contemplada esta obligaciòn en la Constitución Política de Colombia de 1991, lo que realiza a través de las Instituciones, que para el caso de la vivienda, lo realiza a travès de la entrega de subsidios. He notado como ciudadana del comùn y como servidor pùblico, que las convocatorias para acceder a esos recursos se hace a puerta cerrada, o sea, deberìa de realizarse utilizando mecanismos como las JAL, los líderes comunitarios, los noticieros patrocinados por el gobierno, etc., etc., porque muchos de estos recursos no se asignan a quienes lo necesitan y en algunos casos pueden devolverse al Tesoro Nacional. Es importante que los Alcaldes y Gobernadores se precoupen por satisfacer las necesidades básicas de la población, entre ellas, la vivienda digna.
Angela Inés