Por: Gilberto Márques
Al
informar el gobierno brasilero
la salida de Marina da Silva como ministra de Medio Ambiente, el diario
inglés
The Independent afirmó que la Amazonía “es muy
importante para ser dejada en manos de los
brasileños”. Tres días después, el diario estadounidense The New York
Times
publicó un artículo cuyo título era: “Al final, ¿de quién es la Amazonía?”
El País de
España dejó claro cuáles son las intenciones: "el mundo tiene los ojos
puestos en las riquezas de la selva”. Éste es el motivo por el cual
algunas escuelas
de EEUU presentan
el mapa de Brasil sin la Amazonía ni el Pantanal.
La Amazonía
legal incluye
nueve estados y ocupa el 61% del territorio brasileño, lo que equivale
a la
mitad de Europa. La cuenca amazónica posee más del 20% del agua dulce
del planeta
y Brasil es el que tiene la mayor parte de esta selva, que se extiende
también
por las Guayanas, Venezuela, Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú. La
selva
amazónica es la mayor reserva biogenética del planeta y posee la mayor
provincia mineral del mundo: Carajas. Su patrimonio es incalculable.
Propuestas de internacionalización
Estas
tentativas de
internacionalizar la Amazonía
no son recientes. Infelizmente, en varios momentos, los intereses
imperialistas
contaron con el apoyo de gobiernos brasileños. En 1824 se fundó en
Nueva York
una empresa para explotar la navegación y las riquezas amazónicas, lo
que llevo
a un incidente diplomático entre los dos países. La empresa no
consiguió su
objetivo. En 1862, el presidente Abraham Lincoln propuso que los negros
libertos de los EEUU viniesen al Amazonía para fundar una República de
Negros
Americanos. Ellos no aceptaron, pues querían continuar en el país que
habían
construido.
A
partir de 1945 se inició una
campaña por la fundación del Instituto Internacional de la Hileia
Amazónica,
que sería parte de la ONU
y definiría las políticas para esta región. A pesar de los protocolos
firmados
a favor por los representantes del gobierno brasileño, se abrió un
fuerte
debate entre los intelectuales y en el Congreso Nacional, definiéndose
una
posición contraria.
En
la década de 1960, la Academia de Ciencias de
Washington elaboró la propuesta de creación del Centro del Trópico
Húmedo, que
sería una fundación con poder de intervención directa en el Amazonía,
pero sin
someterse a los gobiernos amazónicos. La propuesta fue rechazada por el
gobierno brasileño. Poco tiempo después, el centro estadounidense de
investigaciones
estratégicas Hudson Institute elaboró un proyecto para construir una en
el río Amazonas,
formando un inmenso lago. Se inundarían las tierras bajas para tener
más
facilidad de acceso a las áreas firmes, de mayor riqueza agricola,
mineral y
forestal. Además de eso, este lago se ligaría a otros, como el del
Pantanal,
Plata y Orinoco, formando un mega lago internacional que uniría América
del Sur
con EE.UU. El proyecto contó con el apoyo de sectores de la dictadura
militar –Jarbas
Passarinho y Roberto Campos, por ejemplo–, pero fue rechazado por la
línea más
nacionalista.
En
1989, por propuesta del presidente
francés Francois Miterrand en la Cúpula de La Haya,
se intentó crear una entidad supranacional para
administrar la
Amazonía
y sancionar a los países que presentasen “mala conducta” con relación
al medio
ambiente. Los países amazónicos estuvieron en contra.
La acción de los gobiernos brasileños
En
la década de 1920, el gobierno
brasileño cedió al millonario estadounidense Henry Ford 1’200.000
hectareas de
tierra en Para, para plantación de árboles de caucho que abastecerían
sus
industrias en EEUU. El proyecto no dio resultado y el gobierno compró
las
tierras de vuelta. En los años 70, el también norteamericano Daniel
Ludwig
reclamaba como propias 4’000.000 de hectáreas de tierra en la frontera
entre
Para y Amapa: instaló una fábrica de celulosa, derribando la selva para
plantar
árboles para producir papel. Posteriormente, el proyecto fue
nacionalizado.
Los
ejemplos no paran ahí: los
diversos gobiernos brasileños reclaman la soberanía sobre la Amazonía,
pero
desarrollan políticas que atraen capitales multinacionales para saquear
sus
riquezas y degradar el medio ambiente.
En
los años 50, con el aval del
gobierno federal, se instaló en Amapa la empresa
Icomi –parte nacional y parte de la
norteamericana Bethlehem Steel–, que explotó las reservas de manganeso
y las
agotó antes del plazo previsto. Icomi desmontó el proyecto, vendió todo
lo que
pudo, dejó enormes cráteres en la floresta e incluso intentó conseguir
una
indemnización del gobierno estatal por las casas construidas que no
pudo llevar
consigo. Hoy, otra empresa está explotando hierro en aquel estado.
Recientemente fue vendida a la multinacional Anglo American por 5.500
millones
de dólares la licitación de explotación. Amapa no ganó nada.
La
dictadura militar no fue
diferente. Con el argumento geopolítico de que se debían “ocupar los
espacios
vacios”, en 1966 se lanzó la
Operación Amazonía, se creó la
Superintendencia
de Desarrollo de la Amazonía
(Sudam) y se distribuyeron incentivos fiscales a las empresas que se
instalasen
en la región. Esto atrajo a diversas multinacionales que se instalaron
en la
Zona Franca de Manaos
y otros emprendimientos, inclusive la extracción de madera. Para eso,
se distribuyó
dinero público y tierras, tomándolas de los pequeños productores,
demostrando
que el ‘espacio’ no estaba ‘vacío’, ya que ahí habitaban indios,
caboclos e
inmigrantes. Volkswagen y Coca-Cola fueron algunas de las empresas que
adquirieron decenas de miles de hectáreas de tierras amazónicas. Estas
empresas
desmontaban la floresta para que creciera pasto y recibir recursos
públicos
para la crianza de ganado. Estos recursos no eran devueltos al gobierno.
En
la década de 1970, los
gobiernos militares se asociaron a las multinacionales para la
exploración
mineral. A pesar de la asociación, las inversiones quedaron casi todas
bajo la
responsabilidad del gobierno federal. Incluso así, el capital
internacional pasó
a formar parte de los emprendimientos de las empresas estatales –por
ejemplo,
de la
Compania Vale
do Rio Doce–, de modo que las materias primas aquí producidas se
vendiesen a ‘precio
de banana’ a las empresas de los países imperialistas.
Para
garantizar la producción de
una subsidiaria de la Vale:
la
Albras,
asociada al capital japonés, el gobierno federal construyó la estación
hidroeléctrica
de Tucurui. ¿Por qué? Porque en la cadena productiva del aluminio la
energía
eléctrica es el principal costo –transformación del mineral bruto de
bauxita en
aluminio primario–. Así, además del metal, se exporta energía a precios
subsidiados. Como si eso no fuera suficiente, el gobierno apoyó
financieramente
proyectos mayoritariamente privados, como fue el caso de la
Alcoa-Billington
en Maranon, también para producir aluminio.
En
los años 90, Fernando Henrique
Cardoso, además de acabar con el monopolio estatal sobre el subsuelo –y
sus
riquezas–, privatizó la Vale
do Rio Doce, al igual que otras empresas estatales, y aprobó la Ley
de Patentes y otras políticas, que abrieron aun más la Amazonía
al saqueo
internacional. Ahora, si un laboratorio multinacional patenta la
sustancia
activa de una planta amazónica, tendremos que pagar regalías para
usarlas. Una
empresa japonesa patentó el cupuacu, fruta nativa amazónica, y quería
cobrar regalías
sobre su producción. Algunos de estos laboratorios mantienen diversas
ONG e ‘investigadores’
en la
Amazonía,
que usan el conocimiento de las comunidades locales para saber la
utilización
de determinada planta y después patentar el uso. Es la llamada
biopiratería.
Cardoso
contrató una empresa
estadounidense, la Raytheon Company, por
1.400 millones de dólares para montar
un Servicio de Vigilancia de la Amazonía (SIVAM).
Recurriendo a satélites, aeronaves, etc.,
la empresa, entre otras, hizo el relevamiento de esas riquezas. No es
casual
que parte de los recursos de proyecto fue prestada por la propia
Raytheon y por
el Exibank. Es lo mismo que pagar a la zorra para que vigile el
gallinero.
El gobierno Lula impulsa la privatización de la Amazonía
Ante
las declaraciones recientes
sobre la internacionalización de la Amazonía,
el presidente Lula afirmó que “la Amazonía
es de los
brasileños”. En este punto concordamos con él. Pero su gobierno no
actúa de
acuerdo con esas palabras. Al contrario, ha incentivado empresas que
derriban
la floresta para criar ganado, plantar soja y otros productos. La Vale
fue privatizada por
3.300 millones de dólares, un valor que hoy equivale a un poco más de
la
ganancia de dos meses de sus actividades. Diariamente exporta más de
100
millones de toneladas de hierro extraídas de Carajas (sur de Para).
¿Cuál es la
posición de Lula? ¿Nacionalizar de nuevo la empresa y sacarla de las
manos del
gran capital privado nacional y extranjero? No. El BNDES (Banco
Nacional de Desarrollo)
acaba de anunciar la mayor línea de crédito de su historia para una
solo
empresa: más de 4.000 millones de dólares para que la Vale
intensifique la extracción
de riquezas y compre otros emprendimientos en el exterior.
Además,
Lula no toco el SIVAM, la
ley de patentes ni otros mecanismos que mantiene el saqueo sobre las
riquezas
minerales y forestales de la
Amazonía. Nuestros minerales continúan yendo
para
los países imperialistas, así como la madera noble extraída de la
floresta.
Bajo los ojos del gobierno permanece el desmonte. Según los datos del
Instituto
Nacional de Pesquisas Espaciales (INPE), en 2001, aproximadamente
18.000 Km2
de la
Amazonía
fueron devastados. De agosto de 2006 a
julio de 2007, la selva amazónica se redujo otros
11.200 Km2. La ministra del Medio Ambiente cayó
por la presión de
los representantes del agro negocio y de las grandes multinacionales,
que
quieren destruir aún más la floresta para aumentar sus beneficios.
Mientras el
gobierno desmonta el Instituto Brasileiro do Meio Ambiente e dos
Recursos
Naturais Renováveis (Ibama) y otros órganos de fiscalización e
investigación,
aumenta el contrabando de la riqueza biogenética y mineral –se sospecha
de
contrabando de uranio de Amapa–.
Preservar la Amazonía
a partir de los países amazónicos
Está
claro que la intención de
los países imperialistas no es preservar la Amazonía
sino saquear aún más sus riquezas. En
este sentido, el apoyo del gobierno Lula al agro negocio y a las
grandes
empresas latifundistas y mineras pone en riesgo nuestra soberanía. Los
EEUU ya
intervienen militarmente en la Amazonía, a través del
combate a las FARC en Colombia.
La
supuesta intención de
preservar la
Amazonía
cae por tierra cuando se ve que EEUU es el país que más energía consume
en el
mundo y más genera polución, aunque se niega a firmar el Protocolo de
Kyoto,
que establece tímidas metas de reducción de los gases contaminantes de
la
atmósfera. Un gobierno que diariamente asesina a miles de iraquíes,
palestinos
y afganos –incluyendo los niños– no puede estar preocupado por la
biodiversidad
de la
Amazonía.
¿Qué
respuesta debemos dar? No
puede ser la presentada por la revista Isto E, que plantea que los
indios
brasileños son una amenaza a la soberanía brasileña y defiende que el
gobierno
tome sus tierras: “es urgente modificar la actual política de
demarcación de
tierras, una vez que, si continúa como está, los indios y las ONG
ocuparán cada
vez más el territorio nacional”, afirma la revista, mientras los
generales del Ejército
aplauden. Tampoco puede ser la continuidad de la política del gobierno
de Lula.
Es
preciso dejar claro que la Amazonía forma parte del
territorio de los brasileños y los demás países amazónicos y eso no se
discute.
Más aún, para que la soberanía brasileña sobre la Amazonía
no sea
cuestionada, es preciso nacionalizar la Vale
y otras empresas
que actúan en la región; acabar con el gran latifundio, que es el
principal
responsable del desmonte; apoyar la investigación pública; combatir el
contrabando de las riquezas; revisar las leyes que legalizan el saqueo
de
nuestras riquezas biogenéticas; y apoyar efectivamente la pequeña
propiedad y
los pueblos que viven de la floresta, como es el caso de los indios y
los siringueiros (caucheros).
Ellos
están codiciando las riquezas de la selva
“Al contrario de lo
que piensan
los brasileños, la Amazonía
no es propiedad de ellos, pertenece a todos nosotros” - Al Gore, ex
vicepresidente norteamericano en el periodo de Bill Clinton.
“Cuando se trata de medio
ambiente, no hay fronteras” - Madeleine Albright, ex secretaria de
Estado de EEUU.
“Si el Brasil hiciera un uso de la Amazonía
que pusiera en
riesgo el medio ambiente de los EEUU, tendremos que interrumpir el
proceso” - Patrick
Hughes, jefe del órgano central de informaciones de las Fuerzas Armadas
de EEUU.
“Si los países subdesarrollados
no consiguen pagar deudas externas, que vendan sus territorios” -
Margaret
Thatcher, ex primera ministra de Gran Bretaña.
“El Brasil precisa aceptar una soberanía
relativa sobre la Amazonía”
- Francois Miterrand, ex presidente francés.
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